Espiritualidad y empresarios

Por Juan Ramón Junqueras Vitas (Periodista y teólogo)

El mundo de la empresa adolece, cada vez más —y cada día más—, de alma. El actual sentido de la producción, al entender al trabajador como simple fuerza de trabajo, no casa con la fantasía y la creatividad del propio trabajador, quien se ve tratado como un mero instrumento biológico al servicio de la producción. Creíamos haber superado el paradigma industrial del siglo XIX, y aquí estamos de nuevo en pleno siglo XXI. El trabajador ha consentido —en realidad se ha visto obligado—, y el empresario —no todos, pero sí muchos— aprovecha ese consentimiento derivado del miedo.

Sin embargo, cualquier relación humana —y la laboral lo es— que prima la efectividad en detrimento de la afectividad está destinada al fracaso. Fracaso del trabajador, quien a fuerza de preservar a toda costa lo que tiene seguirá cediendo y perdiendo lo poco que tiene. Fracaso del empresario, quien se contentará con lo menos —la fuerza de trabajo— y perderá lo más —la imaginación y la creatividad del trabajador—.

Cuando pierde la afectividad —relación, realización, identificación— por mor de la efectividad, la empresa pierde también el alma y, en consecuencia, se zombifica. Parece viva —se mueve, produce, vende— pero ya está muerta. Cuando habla, emplea eufemismos para ocultar el olor a muerto —”moderación salarial” en vez de “salarios de hambre”; “expediente de regulación de empleo” en vez de “despido diferido”; “trabajo temporal” en vez de “precariedad laboral”—, pero son palabras muertas —propias de un muerto en vida- y sin aliento —un muerto no respira—. Solo carne sin espíritu, barro sin el aliento.

La parábola de Jesús de Nazaret sobre los braceros contratados a distintas horas para trabajar en la viña (Mateo 20, 1-16) propone una alternativa a la empresa zombificada. Cada trabajador recibe lo que es justo —lo prometido, lo pactado— porque es lo que necesita para subsistir —un denario diario—, aunque los últimos cobren lo mismo que los primeros —fueron los últimos por su debilidad, su vejez, o su discapacidad—. No solo cuenta lo producido, sino lo necesario. Necesario para el empleado, que no acaba trabajando para aun así pasar hambre; necesario para el empresario, que gracias a ese corto trabajo no perderá parte de la cosecha. Una empresa con alma, que atiende a las necesidades mutuas y, por lo tanto, no pierde la afectividad en aras de la efectividad. Y un empresario que tiene en cuenta las necesidades mutuas de hoy, pero que crea las condiciones de respeto —relación, realización e identificación— para que mañana sigan produciéndose esas interacciones simbióticas que caracterizan a una empresa con alma.

Es imperativo —y urgente— desarrollar una economía —y un paradigma empresarial— que tenga en cuenta las necesidades y las cualidades mutuas. Es decir, que tenga en cuenta la afectividad. Si hablamos de Capital, el mayor capital —infinito e inagotable— son los seres humanos —trabajador y empresario— relacionados, realizados e identificados.

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