Un samaritano en Barcelona

Por Isaac Llopis (Cristiano indagador, y profe de mates)

Era un sábado por la mañana, en una iglesia cualquiera. Un miembro de la misma, en un momento de diálogo sobre temas bíblicos, le lanzó, para ponerlo a prueba, una pregunta a Jesús:

—Perdona, pero ¿qué más debo hacer para ser salvo? Voy a la iglesia, doy el diezmo, saludo a gente que ni conozco, y hasta les sonrío aunque me parezcan unos indeseables.

Jesús lo instó a que dijera qué es lo que él creía que debía hacer, como lo resumía la Biblia, y el miembro de iglesia contestó:

—Ama al Señor tu Dios con todo corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y ama al otro como a ti mismo.

Jesús lo miraba con agrado, y contestó:

—¿Qué bonito, no? Si haces eso, si te sensibiliza ese amor… ya estarás viviendo de verdad.

Pero el miembro de iglesia se sentía frío, como que había recitado de memoria un texto que ya no le decía nada, en contraste con la emoción de Jesús, que sonreía al experimentar la belleza del amor ágape. De repente una sacudida, y el miembro de iglesia habla:

—¿Y quién es el otro? ¿El musulmán que ni se lo pensó al arrancar esa furgoneta? ¿El gitano que puso una navaja en el cuello de mi sobrina para robarle el móvil? ¿Estos jóvenes que se reúnen para fumar marihuana en vez de buscarse un trabajo? ¿Estas…

Jesús lo paró a media pregunta, y empezó a contar una historia:

—El otro día había heridos en las Ramblas; una desgracia terrible, no solo por los fallecidos y sus familias sino por la cantidad de heridos graves que necesitaban socorro, y ser sanados lo antes posible. Ante esa situación, los servicios de emergencia y de seguridad actuaron de inmediato, todos lo sabemos, lo mejor que pudieron. Pero hacía falta más ayuda.

Casualmente, esta iglesia vuestra se encuentra al lado de donde sucedieron los hechos, y había una reunión en ese momento. De repente, escuchasteis un ruido ensordecedor, y desde la calle os dijeron lo ocurrido… Lo visteis claro: era momento para orar sin cesar. Todos os pusisteis de rodillas, ya que la situación requería de una oración especial.

Ciertamente os digo que orar está muy bien si se hace sinceramente; pero en ese momento hacían falta manos, era necesaria la acción cristiana; bueno, humana. Sinceramente, fue como si pasarais por delante de un herido de camino a Jericó, y siguierais adelante sin hacerle ni caso.

Sin embargo, los chavales del club de cannabis, al escuchar el ruido, dejaron los porros a un lado y, llorando como niños —porque la compasión se les salía por las venas— salieron a la calle, corrieron, alguno cayó al suelo de los nervios, se acercaron a los heridos, curaron las heridas de ancianos y niños, vendaron a quien lo requería, aportaron tranquilidad a aquellos que la necesitaban. Luego, algunos de ellos subieron a unas personas en sus motos y las llevaron al hospital más cercano. Se quedaron en la sala de espera hasta saber si saldrían adelante — algunos de ellos no tienen familia—, y vivieron esos momentos como si fueran sus propios padres los heridos. Y varios siguen allí.

Eso es amar al otro como a ti mismo.

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