Espiritualidad secuestrada

Hay personas que, en algún momento de su existencia, experimentan vivencias extraordinarias. Gente que, con la predisposición y la actitud adecuadas, consigue adentrarse en una dimensión autotrascendente o en un estado de conciencia y plenitud que se podrían corresponder con lo que Sigmund Freud identificó muy gráficamente como sentimiento oceánico. Una experiencia de estas características suele ser fugaz, pero ni pasa desapercibida ni nos deja indiferentes. Ejerce un efecto sobrecogedor en quienes la experimentan, y suele ir sucedida de una sensación que está entre lo maravilloso y lo inquietante.

Al abordar estas cuestiones lo hago siempre desde una perspectiva racional, y dando por sentado que este tipo de experiencias espirituales dependen por completo de los mecanismos cerebrales. Por lo tanto, ni es algo a lo que solamente tengan acceso un grupo privilegiado de personas, ni se trata de un fenómeno que deba ir anexado a la práctica de algún sacerdocio o a la fe en alguna creencia, ya que, en principio, basta con el requisito de disponer de un cerebro sano.

Por otra parte, estoy convencido de que, puesto que existen múltiples vías de acceso a ese tipo de experiencia, y la mayoría de nosotros la ha experimentado o podrá experimentarla alguna vez en su vida. La observamos, por ejemplo, en aquellos que en alguna ocasión consiguen sentirse en comunión con la naturaleza, en personas que experimentan el mejor día de sus vidas, o en quienes quedan profundamente abrumados ante la belleza de una obra de arte o desbordados ante la inmensidad de un paisaje. Es en tales momentos cuando nos es posible entregarnos a esa turbadora sensación de perder momentáneamente la noción de quiénes somos o de dónde estamos. Se trata de un sentimiento contradictorio —esta es la parte inquietante— que nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos pero que, al mismo tiempo, también nos posibilita sentirnos más presentes y conectados que nunca —y ahí está lo maravilloso—.

Sin embargo, el hecho de que haya sido desde el discurso religioso desde donde, mayoritariamente, se haya hablado sin reparos sobre este tipo de experiencias, supone un serio inconveniente. Que la religión sea la única que se acerque, articule y “dignifique” este fenómeno implica, según mi opinión, que tales experiencias terminen siendo emponzoñadas por la superstición, desfigurando el valor de lo espiritual para transformarlo en la sinrazón de lo sobrenatural. La religión se apropia de estos sentimientos y los disfraza con un significado sospechosamente conveniente, insinuando que tales experiencias no son ni tan buenas ni tan valiosas como nos parecen, a menos que provengan de Dios y que impliquen algún tipo de indicio divino o de reto religioso. Ante esto, yo me pregunto: ¿acaso añade algo decir: “esta experiencia extraordinaria tiene que haberme sido otorgada por alguien más extraordinario todavía”?. En mi opinión, lo que nos asombra —lo misterioso— no admite una explicación definitiva —Dios, por ejemplo—, ya que cuando se le adjudica ese antecedente se cierra la puerta, se desvirtúa el encanto, y todo se torna decepcionante. Esto, para mí, es una forma de secuestro.

Francesc A. G. (Graduado en Historia del Arte, graduado en Magisterio, profesor en Educación Especial, humanista y ateo)

11 comentarios sobre “Espiritualidad secuestrada

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  1. Por fortuna para mí, he tenido alguna de esas experiencias. Recuerdo especialmente una, la primera, que se produjo yendo en un 127 con mis padres (por aquel entonces yo tendría unos 13 o 14 años) de Sant Llorenç de Morunys a la Seu d’Urgell pasando por Tuixent. Hace 40 años, la travesía del Cadí solo era posible siguiendo pistas forestales sin asfaltar. No había carreteras. Por tanto, el camino serpenteaba por las laderas de las montañas y se encaramaba de forma espectacular. Era la primera vez que me enfrentaba a la alta montaña prepirenaica.

    Allí me hice consciente de mi pequeñez y de la grandiosidad del universo. Y, sí, sentí al mismo tiempo esa inquietud y ese asombro que tan bien describiste en tu entrega anterior, Francesc. Pero, aunque hacía poco que era miembro bautizado de la iglesia, jamás se me pasó por la cabeza que eso pudiera venirme de Dios. Sencillamente lo atribuí a mi percepción y a la valoración de unas escalas dimensionales completamente distintas a las que yo estaba habituado. Desde entonces, la grandeza de los paisajes de alta montaña no ha cesado de sobrecogerme.

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  2. Juan, siempre pensé -desde mi perspectiva- que luego de esa entrega a Jesús, precedida de esa decisión, vendría a mi vida toda experiencia más allá de lo humano. Empecé a leer el libro sagrado de la biblia a, los 4 años. No obstante, empecé a escuchar comentarios en la familia que era rara. Luego fui mas consciente de que la realidad no necesariamente era la realidad. Para ser específica buscaba la soledad, la quietud para; “conectarme” con el que me ofrecía respuestas en una forma que sólo se puede explicar como divino, porque eran las respuestas que me hacía comprender el porque de las circunstancias, que a simple vista no se observan. Esto incluso más, allá de ese libro. La confusión la generó, la falta de empatía, la forma de no incluir, y la confusión -valga la redundancia – de los que se decían ser -o sentirse muy eruditos- mayores con rangos religiosos, que decian que eso era esotérico, y místico. Que más da, si Dios decide comunicarse con sus hijos o criaturas de diversas formas. La religión ha observado y, confundido el sonido apasible, como un misterio o misticismo o -una vida internamente podridas-. Desde ahí, a levantado fortalezas y toda una mediocridad de rituales, que si bien entretienen; no ofrecen respuestas al hombre y a la mujer. Cuando de hacer perder el tiempo y, confundir se trata, obvian el tiempo de la historia, -y aún la veracidad de esa misma historia – convirtiendo lo espiritual y divino, en procesos “cíclicos” religiosos.

    Desde ahí relizan, todo, un caos; desde ahí promueven, en su mayoría, un desamor, desde ahí hacen que los humanos-espirituales dejen de creer en Dios. Que se pregunten; si realmente fue y es real, Dios. Desde su interna confusión, al no lograr lo espiritual en sus vidas, mercadean la religión como un “genuino” amor a Jesús, empero, sin aún conocerle y, escucharle…y mucho menos verlo y tocarlo. Que es la; ¡necesidad de toda la raza humana¡

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  3. Yo me pregunto por qué el hombre deja que secuestren su espiritualidad. Parece que no sólo “se necesita” apelar a un ser superior. Para mí lo más llamativo es la necesidad del hombre de confiar en otros hombres su espiritualidad.

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  4. Pienso que la espiritualidad es la libre expresión de nuestro encuentro con la Divinidad “lo que sea que ese termino signifique para cada uno” por eso decir que esta experiencia pertenece a este grupo o a otro me parece muy arrogante e irrespetuoso.
    La espiritualidad es un regalo Divino y por lo tanto es propiedad de tod@s y de ningún@.

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