Ateísmo humanista

Hasta no hace mucho, la existencia de Dios era postulada como la exigencia para un orden ético de justicia y de amor. Hoy, sin embargo, podemos afirmar que muchos seres humanos buscan el ideal de la justicia y lo viven, pero no precisamente por su convicción religiosa sino simplemente por su amor a sus semejantes.

El mundo moderno no parece necesitar creer en Dios para luchar por una justa distribución de las riquezas, para acortar las distancias entre las clases sociales, para desterrar el odio o la guerra. No afirmo que el mundo moderno sea perfecto o mejor que el antiguo; todos sabemos de sus dramas y horrores. Lo que no resulta claro es que sus males o sus bienes tengan relación íntima y proporcionada con el mayor grado de ateísmo o de teísmo, respectivamente. Hay mucha gente que, sin guiarse por una motivación religiosa, llega hasta a dar la vida por sus semejantes, y sabe respetar a los demás, ayudarlos, protegerlos, proclamar la justicia.

No hay que ser muy perspicaz para descubrir la existencia de un humanismo que no cree en Dios y que, lejos de propiciar el mal y la desintegración social, sostiene con más ahínco que muchos creyentes los derechos humanos. La fe explícita no hace falta para que el mundo busque la justicia, la paz o el amor. A veces —demasiadas veces— los obstruye.

Y ahora pregunto a los creyentes cristianos, aunque a los ateos —soy consciente— les suene a disonancia: ¿Serán estos los que digan a Jesús, al final:” Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” (Mateo 25, 37-40). Ya sabemos cómo acaba: “Y el Rey les dirá: Os lo digo de verdad: cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicisteis“.

Me encanta…

Juan Ramón Junqueras Vitas (Periodista y teólogo)

 

33 comentarios sobre “Ateísmo humanista

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  1. Es que ya me imagino yo la cara de asombro de gente que jamás ha sido practicante de ninguna religión o ha creído en nada que trascienda este mundo, primero, cuando descubran que eso cuya existencia negaban resulta ser una realidad incuestionable y, segundo, Aquél a quien negaban los invita amablemente a incorporarse a su fiesta. Francesc, ¿tú cómo reaccionarías?

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      1. También, también… O la de aquellos que están convencidos de que Adolf Hitler se va a condenar eternamente y, caso improbable aunque no imposible de que se hubiera arrepentido en el último momento, se dan de bruces con él. ¡O al mismísimo Judas! Lo imagino y me “desorino”.

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      2. Bueno, ese es uno de los grandes problemas del “perdón”… que contrariamente a lo que observó Fiódor Dostoyevski, si dios existe, todo está permitido (solo hace falta abrir tu corazón a Jesús antes de tu último suspiro).

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      3. Esto es lo que precisamente me lleva a entrar en contradicciones. Quiero creer que habrá un lugar y un tiempo preparados por Dios donde y cuando no haya dolor ni sufrimiento, donde y cuando solo exista el amor. Pero pensar que voy a compartir ese espacio y ese tiempo con Adolf Hitler, por ejemplo —aunque se haya arrepentido en el último momento—, me tira para atrás…

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      4. Ya… Pero hablo de contradicciones porque he decidido creer en el Dios padre que predicó Jesús de Nazaret. Y, por más que alguno de mis hijos hiciera cualquier atrocidad como Hitler, como padre no podría renunciar a él. Si lo viera morir me moriría yo…

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    1. En todo caso, Cantaire, hay algo que me preocupa todavía más que no me inviten a una fiesta: que me inviten pero que no pueda abandonarla nunca más.

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  2. El problema con esta cuestión reside en que un creyente siempre podrá decir que el ateo, sin quererlo ni saberlo, también es una herramienta de dios. Contra esto, no hay respuesta posible.

    En mi opinión, el humanismo consiste, entre muchas otras cosas, en la convicción de aceptar que hacer el bien es un mérito que hay que otorgar al hombre (mujer) en exclusiva. Que la solidaridad, el respeto por los semejantes, el altruismo y la generosidad son valores intrínsecamente humanos y que cualquier intento de justificar esos valores a partir de una intervención “sobrehumana” lo que consigue es, ya no solo desvirtuar, sino también debilitar nuestra confianza en lo que somos capaces de conseguir.

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    1. No todos los creyentes nos denigramos tanto. Algunos (por desgracia, pocos) seguimos manteniendo la idea del respeto de Dios por el libre albedrío, no creemos que utilice a las personas para conseguir un fin. Por tanto, toda buena acción, como cualquiera de las malas, es responsabilidad exclusiva de la persona.

      Así, yo jamás atribuiré a Dios algo que no creo que salga de él. Es más, en ciertas ocasiones (y estos últimos días en Barcelona ha habido más de una) se dan circunstancias en las que me reconcilio con el género humano y me convenzo de que todavía hay buena gente, capaz de dar lo poco que tiene a fin de buscar el bien ajeno.

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    2. Cantaire, eres una máquina de proponer dilemas: primero, el del perdón y ahora el libre albedrío.
      En primer lugar, es obvio que no todos los creyentes pensáis igual; lo que también es obvio es que no puedo ir matizando y teniendo en cuenta todos y cada uno de los enfoques de las miles de denominaciones cristianas. Me limito a señalar que, si aceptamos que el hombre está hecho a imagen y semejanza de dios, la responsabilidad de los logros humanos es, como mínimo, compartida. Y eso ya es demasiado para mí.

      Por otro lado, el dilema del libre albedrío es tremendo. De hecho, en lugar de arrojar luz sobre el asunto, lo que hace es complicarlo todo mucho más. Se han escrito infinidad de páginas tratando de desenmarañar el entuerto de la libertad y, aún así, el problema sigue ahí sin haber podido resolverse. Solo hay libertad plena si nada nos presiona en la elección. Las decisiones humanas están condicionadas por presiones y circunstancias de diferente índole. Ergo no hay libertad plena de elección. El libre albedrío es una quimera, un espejismo.

      Sin embargo, si aceptamos que el libre albedrío puede ser un regalo de dios para que actuemos asumiendo nuestras responsabilidades, no tengo ningún apuro en señalar que sin duda se trata de un regalo envenenado. Lo explico: es evidente que el libre albedrío del poderoso siempre acaba aniquilando la libertad de elección del débil. A los recientes hechos de Barcelona me remito: ¿dónde queda el libre albedrío de una joven de 23 años ante la elección implacable de asesinar de un terrorista? ¿qué posibilidad de elección tiene alguien que cae en las manos de quien usa su libre albedrío para hacer el mal? ¿qué tipo de dios es ese que nos dota de una herramienta para hacer el bien pero que es inoperante ante el uso de esa misma herramienta cuando es utilizada para hacer el mal?

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      1. Francesc, me encanta descolocarte. Así se demuestra que nada es tan blanco o negro como a muchos les gustaría que fuera.

        Ya sé que este del libre albedrío es un tema de los que más ríos de tinta han hecho correr y que todavía sigue sin resolver. Como siempre que entran en juego asuntos de carácter filosófico, es imprescindible que definamos los términos que vamos a usar. Por lo que entiendo de tu comentario, nuestros respectivos conceptos de libre albedrío difieren sustancialmente. Según creo que se desprende de tus palabras, tú entiendes como libre albedrío la capacidad de elección de los actos libre de toda presión exterior. En cambio, yo entiendo el libre albedrío como la capacidad de decidir qué se busca: si el bien máximo posible en una circunstancia determinada o el provecho propio cueste lo que cueste, sin entrar en consideraciones morales ni evaluar los posibles perjuicios que tal decisión pueda acarrear a terceros. Como ves, mi concepto de libre albedrío tiene que ver con algo que no sólo implica la acción.

        Estoy de acuerdo contigo en que en este mundo la capacidad de acción está limitada por múltiples circunstancias y que, siguiendo una lógica darviniana, el más fuerte o mejor adaptado prevalece sobre el más débil o peor adaptado. Hasta aquí, nada que discutir. Sin embargo, y conste que no pretendo demostrar nada, sino que me limito a explicar mis planteamientos, el libre albedrío concedido por Dios no es ningún “regalo envenenado”; no si ese Dios no es el dios justiciero y vengativo en el que muchos creyentes, la mayoría diría yo, creen.

        Por otra parte, me ha llamado la atención que preguntes: «¿Qué tipo de dios es ese que nos dota de una herramienta para hacer el bien pero que es inoperante ante el uso de esa misma herramienta cuando es utilizada para hacer el mal?» ¿En qué quedamos? ¿Dios tiene que abstenerse y respetar el don hecho al ser humano? ¿O acaso ha de intervenir y violar el libre albedrío, faltando así a su palabra? El dilema, como ya te tengo acostumbrado, es de alcance…

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      2. Cantaire, el problema que veo con tu concepción de libre albedrío es que también está sujeta a las presiones e influencias delas que hablaba en mi comentario: en términos de condicionamiento, pensar cómo debes elegir no se diferencia en pensar en como debes actuar. Siento decirte que caes en la falacia de la falsa diferenciación.

        Si aceptamos que estamos condicionados por agentes que no podemos controlar, el libre albedrío pierde la única virtud que lo convertiría en un don, ya que, al no poder controlar los agentes que nos influyen en el proceso de nuestra elección (ya sea en pensamiento o en acción, es irrelevante) tampoco se nos puede hacer verdaderamente responsables de nuestras elecciones finales. Así de fácil.

        Respecto a mi pregunta, quizá no me he expresado bien. Intentaré replantearla:
        Si aceptamos que el libre albedrío es un don o un regalo de un dios bueno me inquieta sobremanera que tal regalo sea mucho más eficaz para los objetivos del mal. En otras palabras: las elecciones de los poderosos suelen aniquilar la posibilidad de elección de los débiles. O dicho de otra manera: un desalmado armado con un cuchillo que haya elegido acabar con la población de Barcelona 8y eso es el mal) no encontrará ningún impedimento si tal población elige una postura no violenta (y eso sería el bien).

        Por otro lado, si el libre albedrío es un don que nos es concedido por algo o alguien externo a nosotros, ya tienes una intervención divina en el mundo. lo único que señalo es que ese don me parece una herramienta claramente diseñada para favorecer el mal. Por eso digo que es un regalo “envenenado”.

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      3. Este es otro asunto que me sume en un mar de contradicciones. Como todos sabéis, he decidido creer en un Dios padre y bueno, como lo percibía Jesús de Nazaret. No creo que yo sea un padre bueno y, aun así, amo a mis hijos con toda la fuerza de que soy capaz. Efectivamente, he intentado educarlos para que sean capaces de tomar sus decisiones en libertad, y también para que sean conscientes de que no deben usar su libertad para dañar a los demás. Pero si viera a uno de mis hijos abalanzarse con un cuchillo con la intención de herir al otro, o a cualquier otra persona, intentaría detenerlo. Me daría igual su libertad en esas circunstancias…

        La única forma que tengo de explicarme este asunto sobre Dios es que, como padre, tenga menos libertad aún que yo. Que, aunque quiera, no pueda. Hay cosas que no entiendo sobre el Dios en quien he decidido creer y eso me perturba, lo reconozco. Soy consciente de mis contradicciones.

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      4. Uno de los problemas que veo con tu teoría de la falta de capacidad de dios para actuar contra el mal es que, el hombre, si se esfuerza y se coordina lo suficiente, sí que puede combatirlo a ciertos niveles. Lo cual vendría a significar que el ser humano tiene más poder de erradicación sobre el mal que el propio dios. Es decir, que el hombre es más dios que dios mismo, en este aspecto.

        Si se me responde que dios trabaja en un plano que no le permite interferir en lo “terrenal”, entonces contestaré que, aceptando eso, se debe aceptar también que las escrituras son falsas con respecto al tema de la inspiración del texto. Esto es así porque la propia inspiración divina ya constituiría una manera de intervención en el mundo y, por lo tanto, la negación de un dios impotente para intervenir quedaría refutada.

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      5. Qué va… Cuando hablo de contradicciones propias asumo las consecuencias: quien entra en contradicciones corre el riesgo de tener que callarse en algún momento. Podría entrar en una sarta de comentarios que en teología llamaríamos “teodicea”. Lo he hecho durante otros momentos de mi vida pero ahora, a fuerza de ser honrado conmigo mismo y con vosotros, no puedo. No puedo explicar o justificar cosas que ni yo mismo entiendo.

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