Respeto sí, pero bien entendido

Puedo intentar respetar a las personas, pero no puedo respetar todo lo que hacen, todo lo que dicen, y todo lo que piensan. Cuando alguien me dice: “Mi idea merece el mismo respeto que la tuya” puede que tenga razón o puede que no. Hay formas de pensar que no son en absoluto respetables. Y que conste que sé que lo mismo pasa con las mías; lo acepto, como no podría ser de otra forma.

No se puede respetar el neonazismo, por ejemplo, de la misma forma que se respeta la solidaridad. Me costará mucho respetar al neonazi aunque lo intentaré. Pero por mucho que consiga respetar a esa persona jamás respetaré lo que piensa, ni lo dice o hace por lo que piensa. Todas las ideas no son igualmente respetables; todas las palabras o las acciones, tampoco. Algunas son pura abyección.

En el ámbito de la religión pasa lo mismo. Puedo intentar respetar al talibán que reduce a la mujer a casi un objeto. Pretenderé comprender de dónde proviene su pensamiento, la cultura que ha embotado hasta el extremo sus emociones, su historia personal. Pero por eso mismo, porque me merece respeto, me opondré frontalmente a sus convicciones porque ninguna creencia puede presuponer el derecho a oprimir o a vejar a nadie, y se lo haré saber; con todo el respeto del que sea capaz, pero se lo haré saber. Si no lo hiciera no lo respetaría de verdad.

Lo mismo con algunas prácticas y formas de pensar de muchas personas religiosas que se escudan en sus convicciones para hacerlo. Hay ideas, actitudes, y maneras de actuar que no merecen mi respeto. El desentrañamiento con que algunos tratan las equivocaciones de los demás, la férrea disciplina que imponen, la infelicidad que esparcen por todas partes, el horror que predican, no me parecen respetables. Es más, me producen asco hasta la arcada. Podría no inmiscuirme, ponerme de perfil, pasar de largo. Pero el propio respeto que quiero sentir por las personas que piensan y actúan así me empuja a confrontarlas. Y me da igual que se sientan insultados u ofendidos por mi crítica. Cuando se traspasa la línea roja de la dignidad humana, el enfado es la única forma de respeto verdadero. Les pasa lo mismo conmigo y deseo aprender a ser permeable a sus buenas intenciones, cuando las tienen. En definitiva, se trata de intentar mostrar respeto a las personas, aunque uno se muestre radicalmente en contra de sus ideas, y hasta llegue a combatirlas.

Ya sé que es difícil. Pero también sé que no es imposible.

Juan Ramón Junqueras Vitas (Periodista y teólogo)

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