Mecanismo de evasión

Recuerdo que, cuando yo era muy pequeño, durante el verano mis padres me preparaban una minúscula piscina de plástico en un pequeño balcón de apenas dos metros cuadrados de superficie. Vivíamos en la última planta de un edificio de quince pisos de altura. Allí pasaba largas horas jugando a hacer nadar a muñecos, y viendo cómo flotaban pequeños barcos de plástico. Tanto tiempo pasaba, que una vez miré mis manos arrugadas por el agua y grité espantado a mi madre: “¡Mamá, me he hecho viejo!”.

Las vistas eran espectaculares, pero el balcón tenía una barandilla llena de barrotes de hierro que no me dejaban disfrutar del paisaje como yo quería. Así que un día, con mucho esfuerzo, metí la cabeza entre los barrotes y descubrí el mundo a cincuenta metros de altura. Era maravilloso, increíble. Allá abajo la gente era tan pequeña como mis muñecos.

El problema llegó cuando intenté volver a mi mundo de dos metros cuadrados. No podía. Por más que forcejeaba, mis orejas no pasaban. Llamé a mi madre, pero ella tampoco era capaz de sacarme de allí. Estaba realmente aterrado. ¿Tendrían que cortarme las orejas? Llegó mi padre, pero él tampoco pudo hacer nada por liberarme. Los barrotes de protección se habían convertido en mi cárcel. Era como si la distancia entre ellos se hubiera acortado. Si no renunciaba a mis orejas, ¿tendría que pasar allí toda mi vida? Así que mi padre fue a buscar a un vecino que trabajaba en una herrería, con la intención de cortar uno de los barrotes que me apresaban. Para cuando llegaron los dos, yo ya había sacado la cabeza, aún no sé cómo.

A veces recuerdo esta historia y pienso en la utilidad protectora para los creyentes de la leyes de Dios, que nos impiden precipitarnos al vacío. Pero pienso también en que, a veces, parece que estrechemos tanto la distancia entre los barrotes que nos quedamos atrapados, encarcelados como niños pequeños entre aquello que había sido creado para protegernos. Es mejor un cristal blindado que los barrotes de hierro. Protege igual, pero deja disfrutar el paisaje. Y es menos peligroso para las orejas. Si en la experiencia religiosa no hay un alto grado de libertad, el creyente se acostumbra a depender de lo que otros le digan que puede o no puede hacer. Se convierte en un niño irresponsable, para el que las normas no serán sino algo acatado por obligación, que no lo hace feliz, aunque le proporcione un cierto sentimiento de seguridad.

En el fondo, me parece que hay oculto un inconfesable mecanismo de evasión: “A mí que me digan lo que tengo que hacer, y yo lo haré”. Uno se somete incondicionalmente a lo que otros le dictan, y así se libera de la pesada carga de la responsabilidad individual, que no está dispuesto a asumir: “Esto puedes hacer y esto otro no. Esto debes hacer y esto otro no”. Y así, se desembaraza del insoportable peso de la libertad: asumir las consecuencias de las decisiones propias. Evita la tediosa labor de informarse y de formarse. Prefiere que se lo den todo hecho, masticado. Es la cultura del “¡Aprenda paracaidismo en tres sesiones!”. Pero lo cierto es que no se puede aprender paracaidismo en tres sesiones. Aquello puede ser tan peligroso para la salud del espíritu como esto para la integridad física.

Juan Ramón Junqueras Vitas (Periodista y teólogo)

11 comentarios sobre “Mecanismo de evasión

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  1. ¡Ay qué risa, tía Felisa! Sabía que eras orejón… pero, ¿tanto?

    En serio. Yo también tengo la sensación de que el hecho de aferrarse a unas normas dictadas desde el exterior no es más que pura acomodación y una renuncia a la plenitud a cambio de conseguir una falsa sensación de seguridad. Quienes así obran suelen ser personas a las que no les gusta demasiado pensar, o no están habituadas a ello, y prefieren abdicar de su responsabilidad antes que tomar las riendas de su propia vida y asumir con madurez las consecuencias de sus decisiones.

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  2. Por otro lado es peligroso,ya que es acostumbrarse uno a obedecer sin cuestionar.Con el peligro a su vez de quien manda,que termina acostumbrándose a mandar sin ser cuestionado.Que ocurre cuando alguien manda sobre un colectivo y prácticamente jamas nadie le cuestiona? Puede volverse una persona autoritaria y muy manipuladora.Que a su vez si ve que alguien le cuestiona,puede utilizar al resto del grupo,para que despierten su nivel de antipatía,contra aquel,que en el ejercicio de su libertad,cuestiona.

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  3. De hecho, nada de la ley mosaica se aplica en la actualidad. Pretender aplicarla sería considerado una salvajada. Imagínate (ya sé que pedirte que imagines según qué es demasiado pedirte; pero inténtalo, por favor), imagínate, digo, que te estás peleando conmigo y yo te estoy ganando. Imagina (paciencia, pronto se acaba el esfuerzo) que viene tu esposa y me agarra de los borlones y yo, del dolor, acabo perdiendo la pelea. Según la ley mosaica, a tu esposa le tendrían que amputar la mano. Salta a la vista que eso es un pedazo de crueldad… como crueldad habría sido que tu ujier me hubiese propinado tal “caricia”. ¿Verdad que es inaplicable? Pues eso.

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