“Verdad particular” frente a “verdad universal”

Hay un doble ámbito de la verdad: la verdad particular, aquella que es propia y personal, pero que no recibe el refrendo de la evidencia; y la verdad universal, es decir, aquella otra que tiene validez general y que viene avalada por el consenso. Si aceptamos esta teoría, debemos concluir que todo lo que se refiere a la religión, sea cual fuere, cae dentro del ámbito de la verdad privada. Son nuestras verdades, pero no son necesariamente las del vecino. Por tanto, no debemos exigir la aceptación de los demás.

La confusión entre verdades privadas y verdades absolutas es algo que los cristianos deberíamos evitar siempre. Debemos hacerlo así en el marco de la sociedad en general, donde no podemos exigir que los no creen acepten nuestras verdades, pero también en el ámbito de las relaciones en las comunidades religiosas. Incluso en el caso de que todos estuviéramos de acuerdo en conceder a la Biblia, por ejemplo, un carácter normativo absoluto en todo lo que dice, y en todos los aspectos de la vida —cosa que a mi entender está lejos de ser una realidad—, de ninguna manera tendríamos derecho a atribuirlo a nuestras interpretaciones, que son muchas y variadas. Y esto está sucediendo, especialmente en los círculos conservadores y fundamentalistas. Suele ser un hecho que los liberales —si así queremos denominarlos— no niegan el pan y la sal a los conservadores; es decir, no ponen en duda su fe cristiana. Pero es una realidad que estos sí niegan, a los que no piensan como ellos, la autenticidad de su fe.

Y esto pasa porque el cristianismo —aunque no solo él— tiende a poner en el centro de su reflexión y de su práctica la ortodoxia doctrinal. La historia es un impresentable espectáculo de luchas fratricidas en nombre de la doctrina correcta. Desde el Concilio de Nicea, con sus discusiones cristológicas —de donde surgió el dicho popular “armar la de Dios es Cristo”—, hasta las actuales descalificaciones de creyentes por cuestiones doctrinales, pasando por la Inquisición, las cruzadas y las guerras de religión, no ha cesado la lucha —a menudo feroz— por la verdad doctrinal.

Estamos viviendo entre nosotros una dogmatitis aguda, una enfermedad inflamatoria que se ha hecho crónica. Parece que lo más importante en la Iglesia es la doctrina, una formulación perfecta de las bases doctrinales. Sin ellas, parece que no hay ninguna posibilidad de ser un buen cristiano y, lo que es peor, ni siquiera un cristiano a secas. Estamos muy lejos de aquella confesión primigenia que se pedía a los candidatos al cristianismo: “Jesucristo es el Señor”. Ahora, según algunos, hay que afirmar esto y un montón de cosas más, imprescindibles para ser considerado apto.

Sin embargo, las iglesias y las religiones no deberían poner como meta de sus esfuerzos el dogma, sino el bien humano. Si lo hiciéramos así, empezaríamos un camino en el que todos podríamos encontrarnos. Valdría la pena explorar en el futuro los pros y los contras de esta propuesta, que consiste en sustituir el concepto de verdad doctrinal —inalcanzable en su totalidad— por el de la verdad del bien humano. En el dogma particular no hay posibilidad de entendimiento, pero en el bien humano todos —también los ateos— podríamos coincidir plenamente, porque el bien humano es lo más cercano a una verdad universal.

Juan Ramón Junqueras Vitas (Periodista y teólogo)

14 comentarios sobre ““Verdad particular” frente a “verdad universal”

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  1. Aun así, hacerlo es abrir la caja de Pandora. Porque, ¿en qué nos basamos para decidir qué es en beneficio del otro? ¿La norma es el propio criterio? ¿Acaso ha de prevalecer el criterio consensuado de la mayoría incluso cuando está en clara oposición con el del interesado? ¿O la piedra de toque es el del interesado a pesar de que sea evidente que su elección va a ir en detrimento de de su integridad o de la de un tercero? Peliagudo asunto…

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    1. Tienes razón en que esta forma de ver la verdad plantea un cierto relativismo. Pero es que el otro lado del espejo, con sus verdades particulares elevadas a la categoría de universales constituye, a mi entender, un peligro mucho más evidente.

      Lo que pretendo mostrar —que no demostrar—, entre otras cosas, es que los creyentes hemos aceptado una verdad particular que, aunque es comunicable, es difícilmente “universable”. Y, además, esto se lleva al colmo cuando bajamos al estadio de las distintas religiones. Compartimos la creencia en un ser sobrenatural, pero nos enzarzamos en luchas particulares por defender nuestra verdad concreta. Es más: llegamos al paroxismo cuando nos matamos por ella.

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  2. Estamos de acuerdo. Pretender hacer de las verdades particulares verdades universales lleva al paroxismo. Pero el otro extremo, también. La solución al problema, entiendo yo y por ahí van mis tiros, reside en el justo equilibrio. Cada caso es un mundo. Al contrario de lo que gusta tanto a quienes universalizan su particularidad, es imposible establecer una “norma”que sea válida para cualquier circunstancia y momento.

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  3. En todo caso, cuando uno se relaciona con el otro buscando el bien del otro —a veces esto implica ponerlo delante del espejo, pero siempre con respeto— es difícil equivocarse de actitud.

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  4. Es una evidencia que buscar el bien humano, tal como apunta Juan Ramón, es la única manera en la que un creyente y un ateo pueden llegar a estar de acuerdo en algo fundamental. También podemos coincidir en muchos otros detalles, pero trabajar por el bienestar propio y por el de los demás, es uno de los objetivos en los que se debe basar una sociedad realmente inclusiva.

    Siento decirlo, pero la iglesia y la religión organizada, por definición, han actuado siempre en contra de este interés. Por una razón bien sencilla: la creencia religiosa es por definición, exclusivista. Si existen tantísimas facciones cristianas, por ejemplo, es porque entre ellas no se ponen de acuerdo sobre lo que es “verdad”. Y, además, resulta que en el ámbito de la religión, a quien no se considera que esté en posesión de la verdad, se le suele calificar de infiel, blasfemo o no digno de “salvación”. Para que alguien que esté, digamos, teológicamente equivocado, pueda entrar a formar parte del grupo de los “elegidos”, deberá cambiar de opinión y creer en la verdad oficial de cualesquiera que sea la facción o grupo.

    Lo curioso es que cada una de estas facciones defiende sus propias verdades con la misma vehemencia. Al contradecirse entre ellas, solo nos queda una posible conclusión: o solo una de ellas está en posesión de la “verdad”, o ninguna de ellas lo está. Yo, me inclino por la segunda opción.

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    1. Hay una tercera. La “Verdad” supera la capacidad de comprensión del ser humano, de modo que este solo es capaz de captar una parte de la misma. De ahí la gran variedad de verdades, todas ellas particulares, que se toman por universales. El quid, creo yo está ahí, en querer pensar que la propia comprensión de la Verdad es la única posible.

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      1. Bien, pues ahí has hecho referencia a ese tipo de “Verdad” sobre la que JuanRamón, con muy buen criterio, nos alerta.

        Para empezar, si aceptamos que al ser humano le falta comprensión para alcanzar ciertas realidades, digamos, cósmicas, apelar a una Verdad en mayúsculas y que reside en otro plano de “realidad” es un salto mortal. Y es precisamente la pirueta que realiza el creyente que, aceptando que no puede saber, simultáneamente pretende conocer que hay una Verdad objetiva que podemos captar parcialmente.

        Desde Platón, todo se torció hacia este tipo de interpretaciones. Cabria preguntarmos (la filodofía ya lo está haciendo desde finales del sXIX) si tal idealismo merece ser tenido en consideración o no.

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  5. Hace ya tiempo que estoy en algo que mi amigo Sissu llama, con mucha sorna, “una religión inofensiva” o “un dios inofensivo” —la minúscula es suya—. Y una forma de llegar a ese tipo de espiritualidad es un cierto relativismo. La religión es una parte de mi espiritualidad que no parasita toda mi espiritualidad y, por ello, no gobierna mi espiritualidad. O mi religión está al servicio del bien del ser humano, o mejor la cambio; o, en última instancia, la dejo. Por eso tanta gente creyente la califica de excéntrica.

    El problema que veo con la religión es que tiende a infiltrarse en todos los aspectos de la vida, cuando a mi entender debería ser la vida la que se infiltre en todos los aspectos de la religión. Y si mi religión no soporta ese peso, no me interesa.

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