Mortalidad

La primera vez que leí “Mortalidad”, de Christopher Hitchens, fue por recomendación de un queridísimo amigo ateo —Francesc se llama—. No fue un acto de evangelización inversa, —ni él ni yo pretendemos hacernos proselitismo el uno al otro, ya que los dos creemos en otro tipo de comunicación espiritual—, sino una demostración de respeto intelectual y de sintonía humanista. Y su lectura significó para mí una convulsión. Es algo así como el diario de un hombre sabio con fecha de caducidad; un ser humano que sabe que va a morir pronto, a causa de un cáncer de esófago. El último capítulo lo escribió su compañera de vida. Imagino que intuiréis por qué…

Christopher Hitchens fue un filósofo, politólogo, economista y periodista británico, aunque es sobre todo conocido por sus posturas beligerantes frente a las religiones de todo tipo. Se reconocía antiteo, publicó numerosos libros, y participó en interesantes debates públicos con representantes y pensadores religiosos.

Comparto con vosotros un extracto del capítulo II de su libro “Mortalidad”. En él relata —y reflexiona sobre— su experiencia con cristianos que se alegraron públicamente de que fuera a morir, y que atribuían su enfermedad a una venganza de Dios. Estoy seguro de que no os dejará indiferentes:

Cuando describí el tumor en mi esófago como un «extraño ciego y carente de emociones», supongo que ni siquiera yo pude evitar concederle algunas de las cualidades de un ser vivo. Por lo menos sé que es un error: un ejemplo de la «falacia patética» (furiosa nube, montaña orgullosa, presuntuoso beaujolais), que consiste en atribuir cualidades animadas a fenómenos inanimados. Para existir, un cáncer necesita un organismo vivo, pero no puede jamás convertirse en un organismo vivo. Toda su malicia —allá voy, otra vez— radica en el hecho de que lo «mejor» que puede hacer es morir con su anfitrión. Eso, o su anfitrión encontrará las medidas para erradicarlo y sobrevivir.

Pero, como ya sabía antes de enfermar, hay algunas personas que consideran que esta explicación es poco satisfactoria. Para ellos, un carcinoma es un agente dedicado y consciente, un lento asesino suicida que realiza una misión consagrada desde el cielo. No has vivido, si puedo decirlo así, hasta que has leído textos de este tipo en las páginas web de los fieles:

“¿Quién más piensa que el hecho de que Christopher Hitchens tenga un cáncer terminal de garganta [sic] es la venganza de Dios por haber usado la voz para blasfemar? A los ateos les gusta ignorar los HECHOS. Les gusta actuar como si todo fuera una «coincidencia». ¿En serio? ¿Es solo una «coincidencia» [que], de todas las partes de su cuerpo, Christopher Hitchens tenga cáncer en la parte del cuerpo que usó para la blasfemia? Sí, seguid creyendo eso, ateos. Va a retorcerse de agonía y dolor, y se marchitará hasta desaparecer y tener una muerte horrible, y DESPUÉS viene la verdadera diversión, cuando vaya al FUEGO INFERNAL y sufra eternamente la tortura y el fuego”.

Existen numerosos pasajes de los textos sagrados y la tradición religiosa que durante siglos convirtieron este tipo de regodeo en una creencia generalizada. Mucho antes de que me afectara en particular había entendido las objeciones obvias. En primer lugar, ¿qué mero primate está tan condenadamente seguro de que puede conocer la mente de dios? En segundo lugar, ¿ese autor anónimo quiere que sus opiniones sean leídas por mis hijos, que no han cometido ninguna ofensa y también están pasando un momento complicado, gracias al mismo dios? En tercer lugar, ¿por qué no lanzar sobre mí un rayo, o algo así de imponente? La vengativa deidad tiene un arsenal tristemente empobrecido si todo lo que se le ocurre es exactamente el cáncer que mi edad y anterior «estilo de vida» indicarían que podría tener. En cuarto lugar, ¿por qué el cáncer?

Casi todos los hombres contraen cáncer de próstata si viven lo suficiente: es algo indigno, pero está distribuido de manera uniforme entre santos y pecadores, creyentes y no creyentes. Si uno sostiene que dios asigna los cánceres adecuados, también debe contar la cantidad de niños pequeños que mueren de leucemia. Personas devotas han muerto jóvenes y con dolor. Bertrand Russell y Voltaire, por el contrario, se mantuvieron en activo hasta el final, al igual que muchos criminales y tiranos psicópatas. Esos castigos, por tanto, parecen tremendamente azarosos. Voy a aclarar algo al correspondiente cristiano que he citado antes: mi garganta, hasta ahora libre de cáncer, no es en absoluto el único órgano con el que he blasfemado…

Y, aunque mi voz se vaya antes que yo, seguiré escribiendo contra los espejismos de las religiones hasta que, como en la canción de Simón and Garfunkel, “sea hello darkness my old friend”. Y, en ese caso, ¿por qué no cáncer de cerebro? Convertido en un imbécil aterrorizado y semiconsciente, quizá podría pedir un sacerdote cuando llegara la hora del cierre, aunque aquí declaro, todavía lúcido, que la entidad que se humille a sí misma de ese modo no seré «yo»”.

Juan Ramón Junqueras Vitas (Periodista y teólogo)

5 comentarios sobre “Mortalidad

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  1. Estremecedor, sencillamente estremecedor… ¿Cómo puede alguien que se dice creyente tener el estómago de creer que un cáncer pueda ser la venganza de Dios? ¿Tan distorsionada puede estar la imagen que de él tenemos? ¡Cuánta maldad revestida de santurronería! Líbrame, Dios mío, de los tales, porque no respondo de mis actos.

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  2. Me llena de tristeza esta declaración biográfica, pero no me sorprende.
    Si como cristianos no entendemos conceptos básicos como la intervención de Dios en nuestra vida, estaremos condenados a estas malas interpretaciones, tan poco equilibradas y tan ajenas al amor.

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